Arte, ciencia y territorio en una apuesta interdisciplinaria
Una bióloga que entendió que investigar no basta si el conocimiento no se comparte. Desde el Amazonas hasta exposiciones inmersivas que han convocado a miles de personas, Mireya Osorio Ramírez ha construido un camino donde arte, ciencia y territorio dialogan para acercar la investigación a la vida cotidiana.Esta es la historia de una bióloga de la Universidad de los Andes que comprendió que la investigación, por sí sola, no era suficiente. El Amazonas definió su trayectoria, la educación se transformó en un compromiso social y la divulgación científica se consolidó como un puente entre la Universidad y las comunidades. Su recorrido abarca aulas, territorios y proyectos colaborativos, demostrando que el conocimiento, cuando se comparte con propósito, puede generar diálogos inéditos.
Nacida en Bogotá, en una familia con raíces en Antioquia y Chile, Mireya Cecilia Osorio Ramírez creció influenciada por historias de resiliencia que moldearon su visión del mundo. Para ella, el conocimiento ha representado una herramienta de transformación, lo que la llevó desde temprana edad a elegir la ciencia, la educación y el arte como medios para generar un impacto positivo en la sociedad.
Estudió Biología en Los Andes, motivada por una fascinación profunda por los misterios de la naturaleza y por continuar el legado de una familia uniandina. Pero pronto comprendió que el saber no era suficiente, había que comunicarlo. Por eso sumó una especialización en Multimedia para la Docencia, una maestría en pedagogía e investigación universitaria en Chile, especializaciones en gerencia y auditoría en salud, gestión de proyectos en George Washington University y un MBA con énfasis en proyectos. Ciencia, sí, pero también estrategia, pedagogía, gestión. Un perfil coherente con su manera de entender el conocimiento, riguroso y humano.
Y esa visión se volvió más clara cuando su camino la llevó al corazón del Amazonas. En pleno pregrado cursó la materia Mamíferos Acuáticos y apareció la oportunidad de vivir en Puerto Nariño. Allí trabajó con pescadores artesanales e investigó la relación entre los delfines rosados y las comunidades que comparten el río, buscando formas de proteger tanto a las personas como a la biodiversidad. “El Amazonas es la inspiración. Estando en pregrado, se dio la oportunidad de ir a Puerto Nariño, trabajé con delfines rosados, pescadores. Y ahí encontré la chispa que conectó con lo que hago hoy”, recuerda Mireya. En ese territorio entendió que la ciencia no es solo método y datos, es diálogo, escucha, confianza construida paso a paso. También dictó talleres de conservación en el internado San Francisco de Loretoyacu, promoviendo en niños y jóvenes el respeto por la naturaleza y el valor del conocimiento ancestral. Fue allí donde reafirmó una convicción que la ha acompañado desde entonces: “la ciencia no puede imponerse, debe conversar”.
Mireya también ha hecho de la educación una herramienta concreta de movilidad social, enseñando biología e investigación científica en distintos niveles, desde preescolar hasta la universidad, y acompañando proyectos académicos en instituciones como el colegio San Bartolomé La Merced, el Politécnico y el Área Andina. Más allá del aula, su compromiso también se extendió a la Biblioteca Ludoteca “Toma un niño de la mano” en Bogotá, donde lideró talleres de lectura, creatividad y formación en valores, ofreciendo a niños y niñas de sectores vulnerables no solo acceso al conocimiento, sino espacios de esperanza y comunidad. Porque cuando la educación se mezcla con creatividad y conciencia ecológica, el mensaje no solo se entiende sino que se siente y se queda.
Ese trabajo en el territorio no fue un episodio aislado, sino el eje que ha orientado sus decisiones profesionales. El Amazonas no solo marcó su formación, también consolidó su manera de entender la ciencia: cercana, colaborativa y comprometida con las comunidades.
Ese compromiso sostenido con el territorio fue reconocido en 2025, cuando fue nombrada Mujer Cafam Amazonas, una distinción que resalta el impacto social y comunitario de mujeres en sus regiones. Este reconocimiento la llevó a ser postulada al Premio Mujer Cafam 2026, en el que actualmente participa junto a representantes de todo el país y cuyo resultado se conocerá el próximo 5 de marzo. Más allá de los reconocimientos, su trabajo se ha caracterizado por la construcción de redes de colaboración y por una apuesta constante por el trabajo colectivo como base para generar impacto social.
Actualmente trabaja en BioCore, el Core de Biodiversidad de la Universidad de los Andes, donde, junto a equipos interdisciplinarios y en articulación con distintas facultades y unidades, desarrolla estrategias de divulgación que buscan acercar las investigaciones de profesores y estudiantes a públicos más amplios. El trabajo se construye en equipo y parte de una premisa sencilla: el conocimiento cobra mayor sentido cuando circula. Porque para Mireya la divulgación no es un accesorio de la investigación, es su expansión natural, “al final la divulgación no puede ser como un lujo académico, sino una herramienta de justicia social y ambiental” menciona.
Hoy, Mireya Osorio Ramírez continúa trabajando en proyectos que integran arte, ciencia y educación como formas de aproximarse a los desafíos ambientales y sociales. En el centro de su labor permanece una idea sencilla: la ciencia comienza con el asombro y se fortalece cuando se construye colectivamente. “Divulgar es traducir sin traicionar”, ha dicho. Y ahí está la clave, traducir sin simplificar de más, emocionar sin perder el rigor, acercar sin distorsionar. Y en el centro de todo permanece una idea sencilla, casi doméstica, pero poderosa: “Nunca se dejen de preguntar cosas. La ciencia empieza desde el asombro, si se tiene esa curiosidad por el mundo, por lo que te rodea, pues ya con eso estamos empezando a transformarlo, que no se logra solo, sino en equipo y trabajando con diferentes disciplinas.”
Porque cuando una exposición logra que alguien se detenga frente a un fósil o replantee lo que sabe sobre la biodiversidad, no se trata solo de información compartida, sino de una oportunidad para ampliar la conversación.
.
.